Aprovechando el fin de semana, en una tarde de escándalo para navegar me decidí a echar una jornada completa de curricán, modalidad que hacía tiempo no practicaba en su totalidad, así tendría ocasión de probar los nuevos señuelos. Esta vez no me acompañó Sevi, aunque me dio su venia para que tuviera una buena jornada.
Ya en el agua, a medida que iba avanzando, la tranquilidad se apoderó de mi, y paleando suave pero constantemente me dirijí a la zona a trabajar. El mar estaba hecho un plato, sin viento y con todos los ingredientes para disfrutar de nuestra afición. Al final del arrecife, en una torre de señalización, los cormoranes se plantaban a secar sus alas, después de largas inmersiones en busca de sus presas, la curiosidad me hizo calcular el tiempo de apnea y en algunas ocasiones superaban el minuto bajo agua.
Ya cerca de la zona caliente, solté las muestras para que navegaran a su aire, y a la primera pasada ocurrió lo inesperado, mi carrete comienza a soltar linea y observo la caña por si es un enganche, pero no, pega tirones bruscos y rápidamente comienzo a trabajar la picada pero a media distancia la línea pierde tensión y el pececillo viene hacia mi sin captura alguna. Por mi boca salen maldiciones una y otra vez, pero no me queda más que volver a "seguir buscando". Pasa el tiempo y 7 kilómetros pasan en mi gps, después de una semana en la que he pasado por una bronquitis, todavía noto secuelas de la pérdida de fuerza, pero el día está tan bueno que me anima a seguir paseando.
Decido cambiar de zona pero sin suerte, así que vuelvo de nuevo a la primera y antes de pasar el carrete vuelve a canturrear, esta vez parece que está bien clavado, a lo lejos veo el chapoteo, pienso que es una baila o un robalo porque viene con la boca abierta arriba del agua. Me suelta carrete en un par de ocasiones, tiene tamaño, rezo para que no se suelte y poco a poco lo voy arrimando a mi montura. Cuando ya lo tengo cerca veo que es una hermosa baila que dió un peso de 620 gramos. Aquí la susodicha.
La sensación de subir a bordo una pieza a curricán se puede describir como una mezcla entre adrenalina y alegría juntas, se te quitan las penas, los dolores de hombros, brazos y trasero, e invita a seguir paleando con la ilusión de volver a tentar otro ejemplar. Lo mejor de todo es que la capturé con la muestra más económica que he comprado desde que practico la pesca en kayak, así que de nuevo se vuelve a confirmar la frase que más arriba comento. Seguí paleando ya hacia tierra, casi con el sol puesto y acercándome al Castillo de Hercules, comencé a deslizarme entre las rocas, cosa que nunca hago a no ser que el mar esté totalmente plano, y tomé estas fotos.